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TOROS: MANUEL BENITEZ “EL CORDOBES”: “YO HE SIDO EL PAPA DE LA FIESTA”.
2012-07-31 10:49:55
por: ZABALA DE LA SERNA / Diario El Mundo de España. FOTOS: MADERO CUBERO

La década de los sesenta no se comprende sin Alí, los Beatles, ni Manuel Benítez “El Cordobés” una figura universal que se confiesa en el diario “El Mundo”.


Un aire fresco envuelve Córdoba raramente el viernes de mañana. Manuel Benítez entra en el hotel de la cita con paso joven. Un polo blanco, la tez morena, los jeans lavados, los pelos largos y canos. Unas zapatillas calzan al mito. Cada mañana cumple con la obligación del gimnasio. O con un partido de tenis para drenar por los poros la adrenalina de un espíritu indomable de 76 años. El abrazo transmite toda su energía interior. La negatividad no existe, dice. Y pregunta por el homenaje que le preparan en Bilbao el próximo día 15, el porqué del tributo. Cincuenta años se cumplen de la reconstrucción de su plaza hecha cenizas tras la presentación de novillero de El Cordobés (1961). Ardió como una tea todo su maderamen: «Me estaba quitando la chaquetilla y veía el incendio desde la habitación. Una cerilla y aquello que estaba muy viejo prendió». Cuatro mil personas se habían quedado en la calle. Un colapso como solía por donde pisaba.

La década de los 60 se explica por tótems como Muhammad Alí, los Beatles, Benítez. Más allá del ridículo mundo del toro que se dividía en cordobesistas y anticordobesistas para explicar una figura universal. «Cuanto más leña me daban, más gente llevaba a la plaza. ¡Si era publicidad gratis!», recuerda. El guión del periodista queda destrozado desde el minuto uno del encuentro. No hay modo de encorsetar a El Cordobés. El ritmo lo marca él. Viene, va, vuelve, se ríe a carcajada limpia, cuenta lo que quiere, cómo y cuando quiere. No ha dormido porque se desveló ante el televisor por culpa de un combate de box. Y viaja en el tiempo hasta Nueva York, 1971, cuando Alí y Frazier se partieron la madre: «Yo estaba allí, en tercera fila. Aquello estaba pactado. Había que montar la revancha». 

Guarda fotografías con Bobby Kennedy y Gerald Ford. «Todos los rincones de la Casa Blanca me los conozco yo. Menos el dormitorio del presidente». No había figura mundial que no quisiera una fotografía con El Cordobés. «Los Beatles vinieron a verme aquí, a este mismo hotel, con su manager. Dos de ellos. No recuerdo cuáles. Querían hacer una película conmigo. Les dije que bien, que se la compraba por 30 millones de pesetas. Y el hombre se puso que no veas, que no podía ser, qué barbaridad, que ellos eran cinco…. Y le contesté que nosotros éramos siete con mi cuadrilla. Se negaron». Y se parte el esternón con una risa de lobo que resuena por todos los rincones del hall.

Del «no» de los Beatles saltamos a su preparación, a su físico portentoso de elasticidad y fuerza. Se sube el polo para explicar que la clave reside en el volumen de su corazón desplazado. El pectoral izquierdo está mucho más desarrollado. No se trata del músculo, de la carrocería, sino del motor. «De tanto correr por los campos, los cercados, la labranza, la albañilería, se me dilató el corazón. Para el toro me valió mucho. Tengo unas pulsaciones muy bajas. Por eso en América, mientras a compañeros míos les ayudaban con una botella de oxígeno por la altura, yo cogía las orejas y salía corriendo como una bala para darme la vuelta completa al ruedo. No es sólo el cuerpo. El cuerpo es el cerebro, está aquí», y se señala con el dedo índice la frente arada por la intensidad de su vida. De ladronzuelo de gallinas perseguido por la Guardia Civil a figura custodiada por la Benemérita. De otra forma a como los grises le escoltaron en el 57 cuando se tiró de espontáneo en Las Ventas a un toro de Pablo Lozano. Vestía un traje comprado a plazos con el dinero prestado por el hijo de su patrón de obra. «Paleto, me llamaban. Decían que no me entendían por mi acento. Pero yo a ellos les entendía todo. 'Manolo, la masilla. Manolo, el ladrillo'». 

No hay fronteras para la imagen de Manuel Benítez, por tres veces portada de la revista Life (en español). «Mi compadre Julio Iglesias me dice que él no las tiene, y ya no las pilla…». Se ríe una vez más antes de ponerse serio para explicar, con su gramática parda y su inteligencia natural, la crisis económica que nos asfixia: «No estábamos preparados para la que nos han metido. Para los créditos de los bancos al 2%. Las personas han vivido hipotecadas por encima de sus posibilidades. El euro lo ha encarecido todo». Encima de la mesa la España actual y la España en que El Cordobés nació al mundo: «Había mucha calamidad después de la guerra, miseria, hambre. Pero lo que no había eran mentes equivocadas, que es donde tenemos ahora este problema los españoles. ¿Cómo te ibas a equivocar si no había nada para equivocarte? Por no haber, no había ni colesterol, ni medicinas, y trabajabas de sol a sol arando». El campo por el que ahora busca agua con sus dotes de zahorí. «¡En eso soy un monstruo! ¡Para que yo falle un pozo! Al Ubrique (Jesulín), que es muy amigo, le encontré agua en su finca de Cádiz».


Abordamos el toreo actual desde la confesión de que no lo sigue de cerca ni por televisión, «porque me caliento y ya para qué. Me evito malos ratos. A través de la prensa lo sigo un poco. EL MUNDO de Sevilla lo compro todos los días. Vienen la reseña y cosas de Madrid y Barcelona. ¿Qué hacemos ahora con la Monumental? ¿Que se pudra? Cuánta gente había comiendo de ahí, ganaderos, transportistas, el vaquero; si hacemos una lista llegamos a la calle. ¡Si el toro es el único animal que tiene la oportunidad de salvar la vida! El cochino va al matadero y sabe que no se escapa, un pollo en cuanto entra ya está con el pescuezo cortado y colgado de un gancho… El público perdona la vida al toro. Y luego en el campo tiene 20 novias. De varias edades, una más joven, otra más mayor, otra cruzadilla….» La carcajada satura la grabadora. 

Benítez también ha sido toro bravo. Equivoca el sentido de la pregunta y habla de la raza que empresarios y afición le han reconocido siempre. Retomamos el camino en la dirección de su bravura varonil en la conquista y la seducción: «¡Ah, he sido hombre de buen diente! ¿Y quién no? ¡Todos los pájaros comen trigo y le echan la culpa al gorrión! Yo no soy bebedor y también me han puesto ese sello. Como no bebo, me hace efecto muy rápido y como hago mucho deporte se me mete muy rápido en la sangre. Con dos cervezas ya estoy pegando cambayás. Yo no soy borracho, lo que voy es intoxicado. No me gusta la bebida…». Pero en América ha sido un portento. «Por la altura, en América por la altura… ¡y aquí por la bajura!». El discurso de la abstemia se va al garete por la vía del humor desternillado.

En los 60 toreó con todos El Cordobés. Volvemos al toreo. Y lo explica por la Iglesia. «Está el Papa. Y hay cardenales, obispos, sacerdotes… Pero quien tira es el Papa, que es la locomotora. Yo he sido el Papa. Dios a alguno le habrá tocado con la varita, pero a mí me cogió en brazos. Juan Pablo II me copió lo de besar los suelos en sus viajes por América. Y lo de los niños. Yo veía un niño que no sabía ni de quién era y le daba siete besos. El Papa, que no era tonto, me cogió todas estas cosas». 

Sale el nombre de José Tomás como hombre de oro que también revienta las plazas. Benítez matiza y rebate la cuestión: «José Tomás es un fenómeno, pero torear nueve o cuatro corridas al año no es ser la locomotora que tira del tren de la Fiesta». Un mundo el taurino que ha cambiado como un árbol de primavera a invierno. El Cordobés y dos más. Compartió época y cartel con toda la constelación de figuras de los 60 -se le nota la inclinación y la amistad de Paco Camino-, menos con Antonio Ordóñez, que se negó. «Fíjate lo que es la vida», cuenta, «cuando quiso reaparecer vino a mí y lo recibí en mi finca de Villalobillos. Pretendía que toreásemos juntos. Le pregunté al maestro, ya hablándonos de tú, el motivo. ¡Si era un torerazo al que yo no le hacía falta! Yo tenía mi montaje hecho, así que le dije que si quería torear conmigo, todo el dinero que hubiese era para mí y yo le pagaría lo suyo. No era bonito que se quisiese aprovechar de mis sudores. No se lo hubiera hecho, pero al menos que entendiese que no me chupaba el dedo». No torearon juntos jamás. 

Manuel Benítez se ha construido un mundo a su medida alrededor de Córdoba. Funciona en los negocios urbanísticos con la misma fuerza con que forjó su leyenda. Observan sus terrenos como cuando paseaba por Londres con su Rolls, sus melenas y sus patillas y tenía que justificar la posesión de la joya motorizada ante las miradas incrédulas: «It´s mine, ¿eh?». En sus ratos libres persigue El Cordobés el agua subterránea con su varita de zahorí. «¡En eso soy un monstruo! ¡Para que yo falle un pozo! Al Ubrique [Jesulín], que es muy amigo, le encontré agua en su finca de Cádiz». 

Abordamos el toreo actual desde la confesión de que no lo sigue de cerca ni por televisión, «porque me caliento y ya para qué. Me evito malos ratos. A través de la prensa lo sigo un poco. EL MUNDO de Sevilla lo compro todos los días. Vienen la reseña y cosas de Madrid y Barcelona. ¿Qué hacemos ahora con la Monumental? ¿Que se pudra? Cuánta gente había comiendo de ahí, ganaderos, transportistas, el vaquero; si hacemos una lista llegamos a la calle. ¡Si el toro es el único animal que tiene la oportunidad de salvar la vida! El cochino va al matadero y sabe que no se escapa, un pollo en cuanto entra ya está con el pescuezo cortado y colgado de un gancho… El público perdona la vida al toro. Y luego en el campo tiene 20 novias. De varias edades, una más joven, otra más mayor, otra cruzadilla….» La carcajada satura la grabadora.

Benítez también ha sido toro bravo. Equivoca el sentido de la pregunta y habla de la raza que empresarios y afición le han reconocido siempre. Retomamos el camino en la dirección de su bravura varonil en la conquista y la seducción: «¡Ah, he sido hombre de buen diente! ¿Y quién no? ¡Todos los pájaros comen trigo y le echan la culpa al gorrión! Yo no soy bebedor y también me han puesto ese sello. Como no bebo, me hace efecto muy rápido y como hago mucho deporte se me mete muy rápido en la sangre. Con dos cervezas ya estoy pegando cambayás. Yo no soy borracho, lo que voy es intoxicado. No me gusta la bebida…». Pero en América ha sido un portento. «Por la altura, en América por la altura… ¡y aquí por la bajura!». El discurso de la abstemia se va al garete por la vía del humor desternillado.


En los 60 toreó con todos El Cordobés. Volvemos al toreo. Y lo explica por la Iglesia. «Está el Papa. Y hay cardenales, obispos, sacerdotes… Pero quien tira es el Papa, que es la locomotora. Yo he sido el Papa. Dios a alguno le habrá tocado con la varita, pero a mí me cogió en brazos. Juan Pablo II me copió lo de besar los suelos en sus viajes por América. Y lo de los niños. Yo veía un niño que no sabía ni de quién era y le daba siete besos. El Papa, que no era tonto, me cogió todas estas cosas». 

Sale el nombre de José Tomás como hombre de oro que también revienta las plazas. Benítez matiza y rebate la cuestión: «José Tomás es un fenómeno, pero torear nueve o cuatro corridas al año no es ser la locomotora que tira del tren de la Fiesta». Un mundo el taurino que ha cambiado como un árbol de primavera a invierno. El Cordobés y dos más. Compartió época y cartel con toda la constelación de figuras de los 60 -se le nota la inclinación y la amistad de Paco Camino-, menos con Antonio Ordóñez, que se negó. «Fíjate lo que es la vida», cuenta, «cuando quiso reaparecer vino a mí y lo recibí en mi finca de Villalobillos. Pretendía que toreásemos juntos. Le pregunté al maestro, ya hablándonos de tú, el motivo. ¡Si era un torerazo al que yo no le hacía falta! Yo tenía mi montaje hecho, así que le dije que si quería torear conmigo, todo el dinero que hubiese era para mí y yo le pagaría lo suyo. No era bonito que se quisiese aprovechar de mis sudores. No se lo hubiera hecho, pero al menos que entendiese que no me chupaba el dedo». No torearon juntos jamás. 

Manuel Benítez se ha construido un mundo a su medida alrededor de Córdoba. Funciona en los negocios urbanísticos con la misma fuerza con que forjó su leyenda. Observan sus terrenos como cuando paseaba por Londres con su Rolls, sus melenas y sus patillas y tenía que justificar la posesión de la joya motorizada ante las miradas incrédulas: «It´s mine, ¿eh?». En sus ratos libres persigue El Cordobés el agua subterránea con su varita de zahorí. 

El Cordobés se ha codeado en toda su vida con personalidades y personajes que han hecho historia. O la Historia. Los recuerda a corazón abierto. Con el pecho por delante. 

Franco. «Me llevaba muy bien. Me invitaba a las cacerías, aunque yo no tiraba a ninguna perdiz que entrase a nuestro puesto, que para eso era el Jefe del Estado. A mí me dijeron que mi padre se había matado al caerse de lo alto de un eucalipto. Mentira. Mi padre murió luchando contra Franco. Me enteré posteriormente. Y, ahora que lo sé, he pensado que el que tenía valor de verdad era Franco y no yo por ponerme con una escopeta a su lado.... Una vez me preguntó: 'Manolo, ¿qué dicen de mí por América?' 'Excelencia', le contesté, 'si yo no sé ni pedir ni un café'. ¿Qué le iba a decir? Franco tenía algo que hacía que los pies se te pusieran firmes». 

El Rey. «Soy muy amigo suyo y de toda su Familia. Lo está pasando regular, pero creo que el Rey es un tipo muy humano. Lo que ha hecho al decir 'señores, me he equivocado', no todo el mundo es capaz de hacerlo. En nuestra condición humana está la facilidad para equivocarnos. No podemos condenar por una sola cosa a una persona que lleva tantos años defendiendo los intereses de España». ¿Usted ha matado alguna vez un elefante? «Yo qué coño voy a matar un elefante, si no sé esos bichos ni dónde están. Un bicho tan grande, con esas pezuñas. ¿Para qué quieres tanta trompa si con menos también se puede vivir?»

Cantinflas. «Mario fue un genio. Trabajaba en un circo y estaba enamorado de una rusa rubia y muy alta. Pero no le hacía caso. Andaba con una tabla de acá para allá. Hasta que un día se puso malo un payaso y el dueño del circo le ofreció sustituirlo. ¡El gazpacho que montó ese hombre! Y la rubia ya se empezó a fijar en ese payaso que no era como los demás. Valentina fue la mujer de su vida. Cuando enviudó, no volvió a casarse con otra». 

El Pipo. «Para mí don Rafael. Se portó muy bien conmigo. En mi debut en Córdoba, para poder arrendar la plaza en sociedad con los Lozano y que yo torease los cuatro novillos en aquello que se llamó Sólo ante el peligro, empeñó una pulsera de sus hijas. Aquel día me daban 80.000 pesetas, que fue cuando le dije a mi hermana la frase 'o te visto de luto o te compro una casa' que inspiró el libro de Domique Lapierre y Larry Collins. Me tuvo mirando dos días el taco de billetes de 20 duros encima de la cama sin poder tocarlo. Lo hacía para que lo valorase. Hasta que me harté, cogí un fajito y salí corriendo a mi pueblo para comprarle la casa a mi hermana».


Palomo. «La Guerrilla del 69 con Palomo Linares se la propuse yo a sus apoderados los Lozano en un vuelo a América. Los empresarios se habían puesto muy soberbios. Compartimos cerca de 70 tardes por provincias y acabamos el papel en todas. Al año siguiente cedieron». 

La Prensa. «¿El sobre? ¿Comprar periodistas? ¿Acaso tengo yo periodistas comprados en casa? Las campañas que me orquestaron en contra fueron tremendas. ¿Era yo el único que mataba ese toro? Me esperaban las plazas de uñas. Pero llegué a Madrid y corté ocho orejas en dos tardes, y en Sevilla, un rabo. Lamenté la muerte de Vicente Zabala sin haber tenido ocasión de tomarnos ni un café. Nos hubiéramos entendido ahora retirados».

En 1965 bate todos los récords con 111 corridas en una temporada; 121 en 1970. «Una locomotora, una locomotora», repite, «yo tiraba de todo el tren de la Fiesta, de todos los vagones. Conmigo había para todos». Para cumplir con el ingente número de festejos contratados, Benítez utilizaba su propio avión bimotor: «Era el único torero que dormía todas las noches en la misma cama. Mi base de operaciones la había fijado en el hotel Alameda, al lado de Barajas. Así que por la mañana venía el piloto a recogerme con el plan de vuelo y viajábamos donde fuera». O pilotaba él mismo. Aprendió en América, en casa de unos aficionados de Monterrey, por la necesidad de cubrir las grandes distancias de México, por pura genialidad, por intuición y supervivencia. «Un día le dije al piloto que me dejase un poquito los mandos, y aquello era muy fácil. Claro, yo también pensaba 'si a este hombre un día le da un mareo, ¿yo qué hago?' Me puse a aprender rápidamente. Hacía mis pinitos. De regreso a España ya me saqué el carné».

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