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UNA ENTREVISTA PARA EL RECUERDO CON EL MAESTRO PEPE LUIS VAZQUEZ EN ENERO DEL 2012, EL DIESTRO SEVILLANO FALLECIO EN MAYO DEL 2013.
2015-01-28 14:17:51
por: Diario El MUndo. Enero 2012 / Antonio Lucas.

“El arte es algo que no se puede imitar…No creo en escuelas, ni en estilos comunes. El toreo es individual. O se torea bien o se torea mal.”


A Pepe Luis Vázquez le pasa la vida ya por la filmina de la memoria como un bucle melancólico. A los 91 años mantiene intacta la fábrica de los recuerdos. Y los hilvana con una agilidad de gato listo que ha saltado demasiadas tapias como para arrugarse ahora que el camino está cumplido. Ahí enfrente, sentado en una silla que lo mantiene alto, adquiere una cierta mitología de exvoto. Es el más longevo de los matadores de toros. El último bucardo de una generación que suena a leyenda y a capitular de oro en la biblia del Cossío: Manolete, Antonio Bienvenida, Gitanillo de Triana... Y un poco antes, Chicuelo, Cagancho, Juan Belmonte, Rafael El Gallo, Marcial Lalanda.

En lo alto del mediodía, Pepe Luis Vázquez hace la fotosíntesis alumbrado por un silencio denso que se rompe con una jacaranda de bienvenidas y manos al vuelo cuando irrumpe la visita. En el recibidor de esta casa noble de Sevilla cuelga la cabeza de Gaspacho, con una oreja de menos. A este lo llamaron el 'toro volador' porque aquella tarde del 17 de mayo de 1951 saltó varias veces el olivo de Las Ventas antes de que el matador le aplicara una faena con esa monodosis de talento y elegancia que le dio línea a su toreo. "El animal, de la ganadería de Castillo de Hijares, no se llamaba Gaspacho. Es que el taxidermista no tenía la referencia y cuando le llevaron el bicho para que lo disecara le dijeron que con él había liado un 'buen gaspacho'. Y así se quedó".

Pepe Luis Vázquez esconde la ceguera tras unas gafas de cristal oscuro.Conoce por la voz y por la brújula del tacto. La cabeza inclinada a la izquierda advierte de que es por ahí por donde mejor le llegan las palabras. Gasta una sonrisa de hombre tímido al que nunca le gustó el barullo umbroso de los alrededores de la tauromaquia. Es el Sócrates del barrio de San Bernardo, como Timbales le dijo un día y el escritor Vicente Zabala expandió en decenas de crónicas. Un hombre de intuición extraordinaria, un sabio en esa matemática celeste de saber entender el morse indescifrable de los toros. El único del escalafón al que temía Manolete. «Hay que ver, cuánto lo recuerdo. Y también a Antonio Bienvenida. A quise tanto...».

- ¿Cómo se lleva con los recuerdos?

- Bien. Muy bien. No pienso nunca en las cosas malas... A mi edad ellos me alivian de la soledad. Los recuerdos y mi familia, claro. Son lo único que me queda. Es curioso, repaso con mucha nitidez mis comienzos.Tengo en la cabeza las faenas buenas. Lo que sucedía cada tarde en la plaza. Los días del matadero del barrio de San Bernardo, donde mi padre era capataz de matarifes y yo daba lances a las vacas. La fecha en que me vestí por primera vez de luces, en Algeciras, en 1937. Me acuerdo de las faenas que cuajé en Valladolid, en Madrid, en Sevilla... Y también las de México. En México fui feliz toreando.

- Pero se retiró pronto...

- En el año 53. Aunque reaparecí en el 57. Y en 1959 me quité definitivamente. Era el momento de hacerlo. Los toros me habían dado duro. En Santander tuve una cogida muy grave que apunto estuvo entonces de dejarme ciego de un ojo. Entonces comencé a pensar que yo ya había hecho mis cosas y no del todo mal. Hay que saber irse a tiempo. Aunque no dejé de torear hasta los 70 años. Ya en tentaderos, sobre todo en la finca de Miura.

- ¿Qué define a lo que se llama la escuela sevillana?

- No lo sé, porque yo no creo en escuelas, ni en estilos comunes. El toreo es individualidad. Y misterio. O se torea bien o se torea mal. No hay más. No me convencen las etiquetas. Cada uno tiene que estar con el toro como es y no como marque una estética. El arte es algo que no se puede imitar.

- ¿Y cómo se torea bien?

- Con naturalidad. Es decir, como se habla. O como se anda. Con aquello que se tiene de verdad. Sin adornos y con mucha técnica... Eso de torear bonito está muy feo...

- ¿Cómo dice?

- Pues eso... Que no vale estar delante del toro luciéndose con gestos y cosas sin decir nada. Aquí o se torea o no se torea. Para qué darle más vueltas... Para ser figura hay que tener una inteligencia aguda, más allá de las condiciones físicas. Los toros requieren de tanta intuición como cálculo. El toreo es fundamentalmente cuestión de misterio... En mi época la fiesta de los toros era más verdad que ahora: por el toro, que ahora son todos iguales, y por el público, que tenía más y mejor afición.

Pepe Luis Vázquez abre largos surcos de silencio en la charla. Silencios hondos. Extraordinarios. Silencios para evitar decir algo que le hiciera quedar mal ante la gente. Por algo así (quedar mal ante la gente) se pegó un tiro Juan Belmonte. Una delicadeza. A un lado tiene a Zabala de la Serna, inductor entusiasta del encuentro con el maestro. Al otro a su nieto Pepe Luis, que va para torero. Es una cuadrilla singular ésta que se ha formado en la penumbra del salón de la casa de San Bernardo. La memoria nos ha contagiado y a voces por el oído izquierdo vamos ensartando tardes de gloria junto al legendario matador, que tiene algo de efigie o bajorrelieve en la moneda que es el día.

- A veces sueño con que toreo. Y me veo bien, la verdad. Toreando muy despacio. Siempre en sueños buenos... Dejé hace mucho de tener pesadillas con los toros malos.

- ¿Y cómo ve el toreo de ahora?

- No lo veo. No lo puedo ver. No sé muy bien qué está pasando. Algo escucho por la radio, pero no sé demasiado. Además, últimamente hasta la radio da las noticias malas y la escucho menos.

A Pepe Luis Vázquez le han sucedido cosas extraordinarias. A la altura de su toreo, fastuoso cuando abría el capote y de ese vuelo salía la música de un tiempo quieto. O cuando le cortó a un novillo las dos orejas, el rabo y las dos patas en Pamplona. O cuando hizo hablar a un banderillero mudo en Sevilla. O cuando confirmó la alternativa en Madrid y esa tarde ocupaba los tendidos un grupo de alemanes comandado por el jefe de las SS, Heinrich Himmler. Era el 19 de octubre de 1940. Cuatro días antes del encuentro de Franco y Hitler en Hendaya. El cartel de la corrida tenía el yugo con las cinco flechas arriba y la esvástica abajo. Un show.

- A mí me dijeron que esa tarde había un hombre importante en la plaza, pero yo no sabía quién era. El caso es que hice una faena muy buena a mi primer toro, pero la corrida se suspendió en el tercero por la lluvia. Marcial Lalanda, Gallito y yo subimos al palco de autoridades a saludar y allí estaba aquel Himmler, pálido, como muy traspuesto, asistido por su gente y con un vaso de agua. Le preguntamos si le había gustado el espectáculo y nos comentó que no. Que aquello era una crueldad, que la sangre lo había mareado, que martirizábamos a los animales... Parecía impresionado. Y nos regaló una pitillera de plata firmada por él.

Este detalle en uno de los cabecillas del nazismo deja claro que hay quien sí ha sabido separar vida y trabajo. Planear el exterminio de millones de hombres no impide espantarse ante la sagre de un toro. La pitillera relampaguea en una vitrina que queda del costado izquierdo de Pepe Luis Vázquez. Allí acumula años y destellos sordos junto a otras firmadas por Carmen Polo y la madre del Rey. Son los únicos rastros taurinos que hay en este perímetro.

La gloria, que ha sido mucha en este caso, no ha zumbado al gran maestro, el más longevo de los matadores de toros. Tampoco el reconocimiento como uno de los 10 toreros fundamentales del siglo XX. Todo eso no ha alterado las cañerías de su ego. De algún modo, sigue siendo una lámina de aquel arrapiezo trigueño que se colaba en el matadero de San Bernardo a darle lances a vacas de media sangre antes de pasarlas a cuchillo. Entonces ya empezó a forjarse un eco favorable alrededor. Y ganó su primera perra gorda. Así es como se ahorma una leyenda, en el telegrama de las gargantas. Echaban a andar los años 30, cuando aún los sueños eran ciertos e imposible su herida.

- Desde aquel momento del matadero ya sólo quise ser torero. Y lo logré.La vida me ha tratado muy bien. Han sido más las satisfacciones que lo otro. He conocido a gente excelente, como a los artistas con los que me juntaba en el Café Lyon de Madrid: Eugenio d'Ors, Gerardo Diego, José María Cossío, Joaquín Rodrigo, Belmonte a veces... Yo no hablaba más que cuando me preguntaban. Iba a escuchar. A enterarme. Era gente muy inteligente y yo sólo un chaval. Entonces había mucha relación entre intelectuales y toreros. Pero eso se perdió, como tantas otras cosas. Las prisas, las prisas, que son muy malas...

En el salón de mesas recias y vitrinas de anticuario, con apliques de una seriedad absoluta, Pepe Luis Vázquez tiene rebordes de mito. Acumula 71 años de alternativa. Zabala de la Serna le da marcha preguntándole con un atizador que extrae del pozo de la edad recuerdos, más recuerdos.

- Hace demasiado tiempo que me convertí en el más antiguo de los toreros de España: Y eso no sé qué mérito es. Todo eso me da ya igual...

No es desencanto. Quizá un ligero cansancio de edad acumulada. No gasta modales de hombre con finca propia, como otros del oficio. Él sigue a pies juntos en el barrio de San Bernardo. A pocos metros de donde pegó los lances primeros a una vaca de media sangre.

- ¿Se puede definir el toreo?

- Sólo si sabes definir el misterio.

La vida le ha dado suerte a este inmenso torero que mantiene la lucidez como un mástil, entre la oscuridad y el silencio. Con transparencias de exvoto.

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