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CURRO ROMERO…”YO SOLO HE SIDO UN HOMBRE CON ESTRELLA”.
2015-03-01 22:05:54
por: EL MUNDO: ZABALA DE LA SERNA.

El eterno “Faraón de Camas”, a sus ochenta años, repasa para el diario español El Mundo, su vida y obra, arte y milagros, las tardes tempestuosas y la esencia de su toreo en casi 50 temporadas en activo.


Frente a un mar de nostalgias, Curro camina templando la palabra. Hay un lento batir de olas y el sol cálido de Almería baja sobre su frente morena. En las manos de Romero el tiempo se detenía. Pasó todo tan despacio que ahora el torero que huyó eternamente de las prisas siente que sus 80 años recentales se han escapado demasiado rápido. El secreto intransitivo de su toreo nadie lo ha heredado. Entre un café y unas tostadas con aceite, de un pastillero de plata sale un puñado de pastillas que parchea las goteras internas de un cuerpo que destila un empaque imperecedero.

Cuando la grabadora se pone a funcionar, no espera que el hombre hecho de silencios vaya a superar las dos horas de recuerdos que caen sobre el micrófono y se agota. Curro Romero se pierde con su voz suave, en pasos cortos y frases arrastradas, por su Leyenda del Tiempo, por su amigo Camarón y su admirado Caracol, por las noches de tablaos, las tardes de gloria y las fatiguitas de muerte con los toros inabordables, por su capotillo de ensueño de verónicas irrepetidas y las arenas de Sevilla, por el amor de Carmen y el latido de torear hasta los 66. Ya han pasado casi tres lustros desde que El Faraón plegó su muleta y partió con su esportón.

Cuando mira su estatua a la vera de la Maestranza, ¿qué daría por dejar de ser bronce y volver a ser Curro en los 60?
Lo daría todo. Mi vida ha sido el toreo. Al no ejercerlo, la ilusión se pierde. Y sin ilusión no se puede vivir feliz. Soy consciente de que todo llega y todo pasa. Y yo demasiada suerte he tenido con las facultades que me dio Dios para hacer de cuando en cuando cosas a esa edad, demasíao, ¿verdad?
Como en el 99, cuando se fue hasta los medios con un toro de Juan Pedro. ¿Cuántos verónicas caben desde el tercio hasta la boca de riego de la Maestranza?
No lo sé, pero hay unas cuantas, una cuantas... (Y se ríe feliz ).
Siempre ha sido un torero ajeno a los números, más bien un torero de canto, cante, poetas y esencia. Y sin embargo su mito esconde números como siete Puertas Grandes de Madrid o cinco Puertas del Príncipe de Sevilla frente a otras leyendas sin historia.
El aficionado captaba mi mensaje. Donde más toros he toreado y más a gusto ha sido en Sevilla. Si no es por la espada hubiera podido salir por la puerta esa muchísimas más veces de las que están ahí. No voy a decir que no me gustaba salir en los periódicos a hombros, pero es una cosa secundaria. Ya pasó lo que ocurrió antes de que me cogieran en brazos. Lo que se hizo ya quedó en la retina de la gente, cuando yo era verdaderamente feliz y me sentía y volaba.
Todo en usted estaba impregnado por el temple. ¿Qué secreto era aquél para literalmente parar a los toros con el capote de salida?
¡Uy! Yo gozaba cuando lo conseguía. Echaba el capotito muy adelante para engancharlos y cuando los iba amoldando y templando me decía «ya lo tengo, ya lo tengo, ya puedo torear despacio». No quería que se terminara nunca. Quería que el toro anduviera a mi alrededor como en una especie de juego que emocionase a la gente por el arte. Eso lo tienes o no lo tienes. Yo no he hecho nada, nací así, como un hombre con estrella. Es la sensibilidad, la madre de todo, y esa sensibilidad se va perdiendo, desgraciadamente.
¿Dónde habitaba su sensibilidad, en las muñecas o en el pecho?
Se torea con todo. Desde la uña del dedo gordo del pie hasta el pelo.
¿Y se torea como se es?
Palabra de Belmonte. En todo en la vida.
Los médicos, que le han operado de las muchas cornadas que la gente no sabe, alababan su encarnadura aun entrado en años.
Siempre me cuidé mucho porque sé de la fuerza de un toro. No se puede ser loco y estar a merced. Hay que estar preparado, tampoco como para pegar un salto y salirse de la plaza, pero... Luego, cuando llegaba el invierno yo me divertía mucho. Cogía un par de meses, por lo menos. Salía muchas veces a cenar y terminaba en un tablao flamenco, una de mis debilidades, el flamenco, digo, porque lo siento y lo entiendo. Me he llevado noches y noches.
¿Cómo era la noche de Madrid?
Había dos o tres tablaos tremendos. Los Canasteros de Caracol, el Duende de Gitanillo de Triana, donde actuaban muy buenos artistas de Rafael Pantoja, y Caripén de Lola Flores. Y de cuando en cuando Caracol o Lola cantaban en petit comité para nosotros, en la mesa mismo.
Se vivía bohemiamente en torero y con los toreros.
Unía mucho. Sobre todo en invierno, cuando la gente paraba, porque había que parar un poquito, para después coger las cosas con ganas. Y se hablaba mucho de toros. Una vez nos llamaron a Rafael Gitanillo de Triana y Antonio Chenel para grabar un villacinco benéfico. Cada vez que quedábamos a ensayar empezábamos con una copita para que se pusiera la voz un poco más clarita y otra copita y otra y acabábamos como acabábamos. Así durante un mes...
Tan flamencólogo es usted que quieren que apadrine el Festival de las Minas. De todos sus amigos, Caracol, Camarón, Rancapino, ¿quién le ha tocado más la fibra?
Rancapino tiene la sensibilidad a flor de piel, conoce todos los cantes y tiene un eco de flamenco maravilloso. Pero cuando llega un Caracol o un Camarón es otra dimensión. Esos son tan especiales, estos dos monstruos, que son los que crean escuela.
Camarón fue la revolución. ¿Qué tenía?
Otro que nació con estrella, con esas cualidades tan grandes y esa voz tan dulce. Escuchaba a un fenómeno y a los dos minutos ya lo estaba haciendo y lo mejoraba. Era un superdotado con un oído increíble y una afición desmedida. Yo he visto a Camarón con montones de discos y discos de pizarra de todos los cantaores y se los escuchaba cada día durante años y años. Bebía de lo bueno de cada uno para hacer un cóctel que fue una bomba en el flamenco.
¿Cómo se forjó su amistad?
Lo conocí en San Fernando. Yo iba mucho a comer a la Venta Vargas, que era de Juan Vargas, muy amigo de Caracol. Me llevó Manolo Camacho, el ganadero. Y allí estaban Rancapino y Camarón, muy chicos, buscándose la vida. A la Venta acudía mucho señorito de Jerez, y cuando se tomaban dos copas preguntaban si había alguien que les cantase: «Pues por ahí hay dos niños...». En seguida capté su talento.
Citaba antes el eco del flamenco, ¿es el flamenco el eco del toreo?
Yo creo que sí. Son voces muy calientes igual que el toreo. El toreo debe ser caliente, no frío. El toreo es el que tiene ese eco, y eso o lo tienes o no lo tienes. Como decía Domingo, hay que estar parido para torero. Para esas dimensiones hay que reunir tal cantidad de condiciones...
En sus orígenes, su capote entronca con la verónica de Curro Puya, al lance de Cagancho, la suerte muy cargada, yéndose mucho con el toro.
Cada vez que veía una fotografía de Curro Puya me embelesaba. Y su exposición. Si además uno tiene el cuerpo saleroso... A mí no me gustaba que los toros me pasasen lejos. De ahí el tamaño de mi capotito, para manejarlo mejor, para pasármelo más cerca y sentirme más. De chaval me fijaba en un torero gitano de Camas que se llamaba Salomón Vargas, que era como Cagancho. Los gitanos en el toreo han dicho mucho. (Y hace un silencio respetuoso).
¿Pero quién le llamó más?
Antonio Ordóñez más que ninguno. Aunque como no tenía dinero, yo no podía ir mucho a la plaza. A las novilladas si acaso.
¿Por qué se hizo torero y qué papel jugó la necesidad?
Antes se decía «ganas más que un torero». Luego fue secundario. Pero en mis inicios como loco. En el año 57, como novillero, me quedaron 300.000 y pico de pesetas, una barbaridad. Y lo primero que hice fue quitar a mis padres de trabajar. Porque trabajaban mucho. Mi padre en el campo y mi madre en la aceituna. Me dejaron la herencia más grande del mundo: no les escuché quejarse nunca en la vida. Ni un quejío de «qué cansado estoy» o «qué malo es el dueño que me da muy poco». La envidia y la política nunca entraron en mi casa. Ni se pelearon nunca delante de nosotros.
Hablando de amor, ¿se acuerda cuando le escribíamos a finales de los 90 que el enamoramiento de Carmen Tello le había rejuvenecido, que con 60 y tantos estaba más cuidado que en la cincuentena y más decidido?
No lo niego. Es verdad. Se lo debo a Carmen. Lo que hacía en la plaza era para ella. Viajaba conmigo. Y a veces se metían con ella y ella me decía «¿yo qué culpa tengo, Curro?». «Pues no vengas, Carmen», le contestaba yo.
En las tardecitas malas...
Que eran muchas además. Por desgracia o por fortuna. ¿Saber estar mal? Si no hay que saber estar mal. Lo que pasa es que la gente no te ve hacer esas cosas que han visto en otro día. Y yo la decisión la tomaba rápido. También veía a los toros muy pronto. Juan Lara me consolaba: «Curro, no te abroncan, te riñen por lo que dejan de ver». Una vez Emilio Romero me dijo: «Eres el hombre que más irrita a los públicos de España». Pero yo pensaba, y así se lo dije, que mejor era irritarlos que cansarlos.
Belmonte ya le daba la razón con su sentencia: «El que quiera más que vuelva mañana».
¡Claro! Es que así debe ser el toreo. El sentido de la medida. Tanto en el toro bueno como en el malo. Yo tenía además la mala suerte de la espada y ya se desataba la bronca. Tiraban todo lo que tenían a mano.
¿Salía mucho con la espada de verdad ya montada?
Al principio sí. Después hubo un par de accidentes, uno se cortó y perdió la pierna, y me dije «a ver si un día me caigo y me clavo la espada por aquí o por allá».
Pero la espada por donde a veces se metía era por los costillares de los toros al doblarse con ellos...
Esa me arreglaba (se sonríe pícaramente). Un año maté muchos toros de Santa Coloma, que me traían loco, qué velocidad, qué rapidez, ¡ufff! Cuando pasaban yo les hacía así en el codillo con un cuartito de espada y enseguida me iba de la cara corriendo y les cogía la izquierda. ¡Jé! Y el toro que empezaba a hacer así, a tambalearse y a venirse abajo. Y la gente no se lo explicaba. Se preguntaban «¿qué pasa aquí?» Sánchez Mejías, mi apoderado en esa época, me aconsejaba: «Curro, sal con la espada de madera hasta que se te apolillen las muñecas, por Dios». (Y su carcacaja se pierde en el mar.)
Hoy no hay ni broncas.
Pero si es bueno en el fondo. Al menos seguían hablando de toros. Y se tomaban dos copas y seguían riñéndome. Y cuando toreaba bien pues lo mismo. Ahora sale todo el mundo corriendo a casa.
De todas formas, nunca le han gustado las orejas.
Eso es horroroso, toda esa sangre. Antes cortaban una puntita, ahora es un chuletón con todo lo blanco colgando. Yo enseguida se lo daba a un banderillero por no tirarla y que pareciera un desprecio.
¿La técnica es enemiga del arte?
No. Lo primero es la técnica. Pero si te quedas sólo en la técnica y eso está vacío, te duermes. Es como en los pintores.
¿Cuánto hay de silencio en Curro Romero?
A mí me han gustado mucho el silencio y la soledad. Nunca he sido hombre de multitudes. El silencio... Qué bonito es.
Hasta tal punto que su público favorito no era el de Sevilla ni el de Madrid, sino el del tenis.
Eso lo dije en el Semana allá por el 66.
Hábleme de la naturalidad que bañaba su toreo en contraposición con el toreo agachado y doblado que abunda hoy.
El toreo es naturalidad, y cuando no existe la naturalidad ya aquello es muy forzado. Las cosas forzadas no son buenas en nada. Y por eso se le ven a muchos los tirantes toreando y la cabeza de alguno que va a dar con el suelo. Si esto es a lo que te dé el brazo y la muñeca. Ya más lejos no, que parece que te vas a caer tras la muleta... Debe haber una armonía. Torear es de cadera a cadera y arrebujarse con el toro.
Escribió Luis Calvo, a propósito de Domingo Ortega, que el toreo era «naturalidad, una sencillez aparente, una profundidad esencial».
Toreé con Domingo Ortega ya mucho en el campo, en su finca de Navalcaide. Él era único. Allí iban Cañabate, Sebastián Miranda, Andrés Fagalde, Antonio Márquez, José Ortega y Gasset, Jiménez Díaz... Don Carlos me quería mucho. Le llamé una vez desde Colombia porque me puse malísimo y cuando volví me trató personalmente.
Ortega y Gasset decía que quien quiera saber el estado de España que se asome a una plaza de toros, ¿tan mal está España?
Y va para largo.
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